lunes, 7 de marzo de 2011

debord, guy; "comentarios sobre la sociedad del espectáculo"

Comentarios sobre la sociedad del
espectáculo
Guy Debord
Nacido en París el 28 de diciembre de 1931, Debord obtuvo una educación marginal,
fuera de los ámbitos académicos, lo que no le impidió convertirse en cineasta, escritor y
teórico revolucionario. En 1957 fue uno de los fundadores de la Internacional
Situacionista, que publicaría la revista del mismo nombre hasta su autodisolución en
1972. Debord murió voluntariamente en Champot, el 30 de noviembre de 1994. Su libro
más conocido es "La Société du spectacle" (Buchet-chastel, 1967), del cual publica
veintiún años después una suerte de continuación con el nombre "Commentaires sur la
société du spectacle" (Gérard Lebovici, 1988). Los fragmentos que aquí ofrecemos son
extraídos de la edición en castellano publicada por Anagrama (Barcelona, 1990) con
traducción de Carme López y J.R. Capella. [Versión Imprimible PDF]
En 1967, con el libro La sociedad del espectáculo puse de relieve lo que el
espectáculo moderno era ya en esencia: el reinado autocrático de la economía
mercantil, que ha conseguido un estatuto de soberanía irresponsable, y el
conjunto de las nuevas técnicas de gobierno que corresponden a ese reinado.
Tras los disturbios de 1968, que se prolongaron durante los años siguientes en
diversos países sin conseguir derrocar en ninguna parte el orden establecido,
del que el espectáculo surge espontáneamente, éste ha seguido reforzándose
en todas partes(...). Incluso ha aprendido nuevos procedimientos defensivos,
como suele ocurrir con todo poder amenazado. (...)
Puesto que, con toda seguridad, el espectáculo es hoy más poderoso de lo que
era antes, ¿qué hace con ese poder suplementario? ¿Hasta dónde ha llegado
que no hubiera llegado antes? ¿Cuáles son, en suma, sus líneas de actuación en
este momento? La vaga impresión de que se trata de una especie de invasión
rápida que obliga a la gente a llevar una vida completamente distinta, está
ampliamente extendida; con todo y con eso, el hecho se vive más bien a la
manera en que se experimenta una modificación inexplicable del clima o de
cualquier otro equilibrio natural, modificación ante la cual la ignorancia sólo
sabe que no tiene nada que decir. Además, muchos admiten que se trata de
una invasión civilizadora, al parecer inevitable, e incluso desean colaborar con
ella. Quienes así se sitúan prefieren ignorar para qué sirve en concreto esa
conquista y también cómo procede.
Expondré ahora algunas consecuencias prácticas, poco conocidas aún, que se
derivan de ese despliegue rápido del espectáculo durante los últimos veinte
años. No me propongo entrar en polémicas -demasiado fáciles e inútiles- sobre
ningún aspecto de la cuestión; tampoco intento convencer. Estos comentarios
no pretenden moralizar. No contemplan lo que es deseable o simplemente
preferible. Se limitarán a señalar lo que ocurre. (...)
La discusión vacía sobre el espectáculo, es decir, sobre lo que hacen los
propietarios del mundo, está pues organizada por el espectáculo mismo: se
insiste sobre los grandes medios del espectáculo para no decir nada sobre su
amplia utilización. Con frecuencia se prefiere llamarlo mediático más que
espectáculo. Con ello se quiere designar un simple instrumento, una especie de
servicio público que administraría con imparcial «profesionalidad» la nueva
riqueza de la comunicación a través de los mass-media, comunicación
finalmente asimilada a la pureza unilateral en la que la decisión ya tomada se
deja admirar apaciblemente. Lo que se comunica son las órdenes; y, muy
ningún aspecto de la cuestión; tampoco intento convencer. Estos comentarios
no pretenden moralizar. No contemplan lo que es deseable o simplemente
preferible. Se limitarán a señalar lo que ocurre. (...)
La discusión vacía sobre el espectáculo, es decir, sobre lo que hacen los
propietarios del mundo, está pues organizada por el espectáculo mismo: se
insiste sobre los grandes medios del espectáculo para no decir nada sobre su
amplia utilización. Con frecuencia se prefiere llamarlo mediático más que
espectáculo. Con ello se quiere designar un simple instrumento, una especie de
servicio público que administraría con imparcial «profesionalidad» la nueva
riqueza de la comunicación a través de los mass-media, comunicación
finalmente asimilada a la pureza unilateral en la que la decisión ya tomada se
deja admirar apaciblemente. Lo que se comunica son las órdenes; y, muy
armoniosamente, aquellos que las han dado son también los que dirán lo que
piensan de ellas.
El poder del espectáculo, tan esencialmente unitario, centralizador por la fuerza
misma de las cosas y perfectamente despótico en su espíritu, se indigna con
frecuencia al ver constituirse bajo su reinado una política-espectáculo, una
justicia-espectáculo, una medicina-espectáculo o tantos otros sorprendentes
«excesos mediáticos». De este modo, el espectáculo no sería más que exceso
de lo mediático, y su naturaleza indiscutiblemente buena, puesto que sirve
para comunicar, es en ocasiones llevada al extremo. Los amos de la sociedad
se declaran con bastante frecuencia mal servidos por sus empleados
mediáticos; más a menudo reprochan a la masa espectadora su tendencia a
entregarse sin moderación y casi bestialmente a los placeres mediáticos. Así, y
tras una multitud virtualmente infinita de pretendidas divergencias mediáticas,
se disimulará lo que, por el contrario, es resultado de una espectacular
convergencia perseguida con destacable tenacidad. Al igual que la lógica de la
mercancía prima sobre las diversas ambiciones competitivas de los
comerciantes, o que la lógica de la guerra domina siempre las frecuentes
modificaciones del armamento, la severa lógica del espectáculo domina en
todas partes la diversidad de las extravagancias mediáticas.
El cambio de mayor importancia en todo lo que ha sucedido en los últimos
veinte años reside en la continuidad misma del espectáculo. Esta importancia
no se refiere al perfeccionamiento de su instrumentación por los media, que ya
anteriormente había alcanzado un estadio de desarrollo muy avanzado: se trata
simplemente de que la dominación espectacular ha educado a una generación
sometida a sus leyes. Las condiciones extraordinariamente nuevas en las que
esta generación ha vivido, constituyen un resumen exacto y suficiente de todo
lo que el espectáculo impedirá de ahora en adelante; y también de todo lo que
permitirá. (...)
En el plano simplemente teórico no tengo que añadir más que un detalle,
aunque de importancia, a lo que ya había formulado anteriormente. En 1967 yo
distinguía dos formas sucesivas y rivales, del poder espectacular: la
concentrada y la difusa. Una y otra planeaban sobre la sociedad real como su
meta y su falacia. La primera, es decir, la concentrada, dando prioridad a la
ideología que se aglutina en torno a una personalidad dictatorial, había
acompañado la contrarrevolución totalitaria, tanto la nazi como la estalinista.
La forma difusa, incitando a los asalariados a escoger libremente entre una
gran variedad de nuevas mercancías, había representado esa americanización
del mundo que, en algunos aspectos asustaba, pero que, al mismo tiempo,
seducía a los países donde durante más tiempo se habían podido mantener las
condiciones de las democracias burguesas de tipo tradicional. Con posterioridad
ha aparecido una nueva forma, fruto de la combinación razonada de las dos
anteriores, sobre la base general de una victoria de la que se había
manifestado como la más fuerte, la forma difusa. Se trata de lo espectacular
integrado, que a partir de entonces tiende a imponerse mundialmente. (...)
Lo espectacular integrado se manifiesta a la vez como concentrado y como
difuso y a partir de esta fructífera unificación ha sabido emplear más
ampliamente una y otra cualidad. Su forma de aplicación anterior ha
cambiado. Por lo que respecta al aspecto concentrado, el centro director se ha
convertido en oculto: ya nunca se coloca en él a un jefe conocido o una
ideología clara. En cuanto al lado difuso, la influencia espectacular no había
marcado jamás hasta ese punto la práctica totalidad de las conductas y de los
objetos que se producen socialmente, ya que el sentido final de lo espectacular
integrado es que se ha incorporado a la realidad a la vez que hablaba de ella;
y que la reconstruye como la habla. Así pues, esa realidad no se mantiene
ahora enfrente suyo como algo ajeno. Cuando lo espectacular era concentrado
integrado, que a partir de entonces tiende a imponerse mundialmente. (...)
Lo espectacular integrado se manifiesta a la vez como concentrado y como
difuso y a partir de esta fructífera unificación ha sabido emplear más
ampliamente una y otra cualidad. Su forma de aplicación anterior ha
cambiado. Por lo que respecta al aspecto concentrado, el centro director se ha
convertido en oculto: ya nunca se coloca en él a un jefe conocido o una
ideología clara. En cuanto al lado difuso, la influencia espectacular no había
marcado jamás hasta ese punto la práctica totalidad de las conductas y de los
objetos que se producen socialmente, ya que el sentido final de lo espectacular
integrado es que se ha incorporado a la realidad a la vez que hablaba de ella;
y que la reconstruye como la habla. Así pues, esa realidad no se mantiene
ahora enfrente suyo como algo ajeno. Cuando lo espectacular era concentrado
se le escapaba la mayor parte de la sociedad periférica; cuando era difuso se
le escapaba una mínima parte; hoy no se le escapa nada. El espectáculo se ha
mezclado con la realidad irradiándola. Como se podía prever fácilmente en
teoría, la experiencia práctica de la realización sin freno de la voluntad de la
razón mercantil, habrá demostrado de forma rápida y sin excepciones, que el
devenir-mundo de la falsificación era también el devenir-falsificación del
mundo. Exceptuando una herencia aún importante pero destinada a disminuir,
constituida por libros y construcciones antiguos, que por otra parte son cada
vez más a menudo seleccionados y relativizados según la conveniencia del
espectáculo, no existe nada -en la cultura, en la naturaleza- que no haya sido
transformado y polucionado, según los medios y los intereses de la industria
moderna. Incluso la genética ha llegado a ser plenamente accesible para las
fuerzas dominantes de la sociedad.
El gobierno del espectáculo, que actualmente detenta todos los medios de
falsificación del conjunto de la producción así como de la percepción, es amo
absoluto de los recuerdos, al igual que es dueño incontrolado de los proyectos
que conforman el más lejano futuro. Reina en solitario en todas partes y
ejecuta sus juicios sumarios. (...)
La sociedad modernizada hasta el estadio de lo espectacular integrado se
caracteriza por el efecto combinado de cinco rasgos principales que son: la
incesante renovación tecnológica, la fusión económico-estatal, el secreto
generalizado, la falsedad sin réplica y un perpetuo presente.
El movimiento de innovación tecnológica se inició hace mucho tiempo y es
constitutivo de la sociedad capitalista, a veces llamada industrial o
postindustrial. Pero, desde que ha alcanzado su más reciente aceleración (al
día siguiente de la Segunda Guerra Mundial) refuerza tanto mejor la autoridad
espectacular puesto que, por él, todo el mundo se descubre totalmente
entregado al conjunto de los especialistas, a sus cálculos y a sus juicios
siempre satisfechos sobre esos cálculos. La fusión económico-estatal es la
tendencia más acusada de este siglo y se ha convertido, como mínimo, en el
motor del más reciente desarrollo económico. La alianza defensiva y ofensiva
pactada entre el poder de la economía y el del Estado, les ha asegurado a
ambos los mayores beneficios en todos los terrenos: puede decirse que cada
uno de ellos posee al otro; es absurdo oponerlos o distinguir sus razones y
despropósitos. Esta unión se ha mostrado también extremadamente favorable
al desarrollo de la dominación espectacular, que precisamente no ha sido más
que eso desde el momento de su formación. Los tres últimos rasgos son los
efectos directos de esa dominación en su estadio integrado.
El secreto generalizado se mantiene tras el espectáculo como el complemento
decisivo de lo que muestra y, si profundizamos en el tema, como su más
importante operación.
El solo hecho de carecer en lo sucesivo de réplica, ha dado a lo falso una
cualidad nueva. Es a la vez lo verdadero que ha dejado de existir casi por todas
partes o, en el mejor de los casos, se ha visto reducido al estado de una
hipótesis que nunca puede ser demostrada. La falsedad sin réplica ha acabado
por hacer desaparecer la opinión pública, que primero se encontró incapaz de
hacerse oír y después, muy rápidamente, incapaz siquiera de formarse. Esto
entraña, evidentemente, importantes consecuencias en la política, las ciencias
aplicadas, la justicia, el conocimiento histórico y artístico.
La construcción de un presente en el que la misma moda, desde el vestuario a
los cantantes, se ha inmovilizado, que quiere olvidar el pasado y que no parece
creer en un futuro, se consigue mediante la incesante transmisión circular de la
información, que gira continuamente sobre una lista muy sucinta de las
mismas banalidades, anunciadas de forma apasionada como importantes
El solo hecho de carecer en lo sucesivo de réplica, ha dado a lo falso una
cualidad nueva. Es a la vez lo verdadero que ha dejado de existir casi por todas
partes o, en el mejor de los casos, se ha visto reducido al estado de una
hipótesis que nunca puede ser demostrada. La falsedad sin réplica ha acabado
por hacer desaparecer la opinión pública, que primero se encontró incapaz de
hacerse oír y después, muy rápidamente, incapaz siquiera de formarse. Esto
entraña, evidentemente, importantes consecuencias en la política, las ciencias
aplicadas, la justicia, el conocimiento histórico y artístico.
La construcción de un presente en el que la misma moda, desde el vestuario a
los cantantes, se ha inmovilizado, que quiere olvidar el pasado y que no parece
creer en un futuro, se consigue mediante la incesante transmisión circular de la
información, que gira continuamente sobre una lista muy sucinta de las
mismas banalidades, anunciadas de forma apasionada como importantes
noticias; mientras que sólo muy de tarde en tarde y a sacudidas, pasan las
noticias realmente importantes, las relativas a aquello que de verdad cambia.
Conciernen siempre a la condena que este mundo parece haber pronunciado
contra sí mismo, las etapas de su autodestrucción programada. (...)
La primera intención de la dominación espectacular era hacer desaparecer el
conocimiento histórico en general y, desde luego, la práctica totalidad de las
informaciones y los comentarios razonables sobre el pasado más reciente. Una
evidencia tan flagrante no necesita ser explicada. El espectáculo organiza con
destreza la ignorancia de lo que sucede e, inmediatamente después, el olvido
de lo que, a pesar de todo, ha llegado a conocerse. Lo más importante es lo
más oculto. Después de veinte años no hay nada que haya sido recubierto con
tantas mentiras como la historia de mayo de 1968. Sin embargo, se han
extraído lecciones muy útiles de algunos estudios sin sombra de mistificación
sobre esas jornadas y sus orígenes, pero son secreto de Estado.
En Francia, hace ya una decena de años, un presidente de la República,
olvidado después pero que planeaba entonces sobre el espectáculo, expresaba
ingenuamente la alegría que sentía «sabiendo que, en adelante, viviremos en
un mundo sin memoria donde, como en la superficie del agua, la imagen hace
desaparecer indefinidamente la imagen". Resulta efectivamente cómodo para
quien está en el tema; y sabe mantenerse en él. El fin de la historia es un
placentero reposo para todo poder presente. Le garantiza absolutamente el
éxito del conjunto de sus iniciativas, o al menos la repercusión del éxito.
Un poder absoluto suprime más o menos radicalmente la historia según que
para hacerlo tenga intereses u obligaciones más o menos imperiosas y, sobre
todo, en función de las facilidades prácticas de ejecución. Ts'in Che Hoang Ti
hizo quemar libros pero no consiguió hacerlos desaparecer todos. Stalin llevó
más lejos la realización de un proyecto semejante en nuestro siglo pero, a
pesar de las complicidades de todo tipo que pudo encontrar fuera de las
fronteras de su imperio, quedaba una amplia zona del mundo inaccesible a su
policía donde se reían de sus imposturas. Lo espectacular integrado lo ha hecho
mejor que ellos, con nuevos procedimientos y operando, esta vez, a nivel
mundial. Ya no está permitido reírse de la ineptitud, que en todas partes se
hace respetar; en cualquier caso se ha hecho imposible revelar que es objeto
de risa.
El terreno de la historia era lo memorable, la totalidad de acontecimientos
cuyas consecuencias habrían de manifestarse durante mucho tiempo. Era
asimismo el conocimiento duradero y capaz de ayudar a comprender, al menos
parcialmente, lo que iba a suceder: «una adquisición para siempre», dijo
Tucídides. Por eso, la historia era la medida de una novedad verdadera; y a
aquel que vende la novedad le interesa hacer desaparecer el medio de medirla.
Cuando lo importante se reconoce socialmente como lo que es instantáneo y lo
será aún en el instante siguiente y al otro y al otro, y que siempre reemplazará
otra importancia instantánea, puede decirse que el medio empleado garantiza
una especie de eternidad de esa no-importancia que grita tanto.
La valiosa ventaja que el espectáculo ha obtenido de este colocar fuera de la
ley a la historia, de haber condenado a toda la historia reciente a pasar a la
clandestinidad y de haber hecho olvidar, en general, el espíritu histórico en la
sociedad, es, en primer lugar, ocultar su propia historia: el movimiento de su
reciente conquista del mundo.
Su poder nos parece ya familiar, como si hubiera estado ahí desde siempre.
Todos los usurpadores han querido hacer olvidar que acaban de llegar. (...)
Con la destrucción de la historia es el propio acontecimiento contemporáneo el
otra importancia instantánea, puede decirse que el medio empleado garantiza
una especie de eternidad de esa no-importancia que grita tanto.
La valiosa ventaja que el espectáculo ha obtenido de este colocar fuera de la
ley a la historia, de haber condenado a toda la historia reciente a pasar a la
clandestinidad y de haber hecho olvidar, en general, el espíritu histórico en la
sociedad, es, en primer lugar, ocultar su propia historia: el movimiento de su
reciente conquista del mundo.
Su poder nos parece ya familiar, como si hubiera estado ahí desde siempre.
Todos los usurpadores han querido hacer olvidar que acaban de llegar. (...)
Con la destrucción de la historia es el propio acontecimiento contemporáneo el
que rápidamente se aleja a una distancia fabulosa, entre sus relatos
inverificables, sus incontrolables estadísticas, sus explicaciones inverosímiles y
sus razonamientos insostenibles. A todas las majaderías avanzadas
espectacularmente, solamente los mediáticos podrían responder con
respetuosas rectificaciones o redemostraciones, pero se muestran avaros al
respecto, además de por su extrema ignorancia, por su solidaridad, de oficio y
de corazón, con la autoridad general del espectáculo, y con la sociedad que
exterioriza; es para ellos un deber y también un placer no desmarcarse jamás
de esa autoridad, cuya majestad no debe ser lesionada. No hay que olvidar que
todo mediático, ya sea por salario ya sea por otras recompensas o
gratificaciones, tiene siempre un amo, a veces varios; y que todo mediático se
sabe reemplazable.
Todos los expertos son mediáticos-estáticos y eso es lo único por lo que son
reconocidos como expertos. Todo experto sirve a su amo, pues cada una de las
antiguas posibilidades de independencia ha sido poco a poco reducida a nada
por las condiciones de organización de la sociedad presente. El experto que
mejor sirve es, sin duda, el que miente. Los que tienen necesidad del experto
son, por diferentes motivos, el falsificador y el ignorante. Allí donde el
individuo no reconoce nada por sí mismo será formalmente tranquilizado por el
experto. (...)
Desde que se detenta el mecanismo de control sobre la única verificación social
plena y universalmente reconocible, se dice lo que se quiere. El movimiento de
la demostración espectacular se prueba simplemente andando en círculo:
volviendo, reiterándose, sobre el único terreno en el que de ahora en adelante
reside lo que puede afirmarse públicamente y tener crédito, puesto que será
solamente de eso de lo que todo el mundo será testigo. Del mismo modo, la
autoridad espectacular puede negar lo que sea, una vez, tres veces, y decir que
no volverá a hablar de ello, y hablar de otra cosa; sabe que ya no se arriesga
a ninguna otra réplica ni en su propio terreno ni en ningún otro. Pues ya no
existe ágora, comunidad general; ni siquiera comunidades restringidas de
cuerpos intermedios o de instituciones autónomas, salones o cafés para los
trabajadores de una única empresa; ningún lugar donde el debate sobre las
verdades que conciernen a los que están ahí, pueda liberarse de forma
duradera de la aplastante presencia del discurso mediático y de las diferentes
fuerzas organizadas para relevarlo. Actualmente ya no existe juicio, con
garantía de relativa independencia, de aquellos que constituían el mundo
erudito; de aquellos que en otra época fijaban su valor en una capacidad de
verificación, permitiendo la aproximación a lo que se llamaba la historia
imparcial de los hechos, la creencia al menos de que ésta merecía ser
conocida. Ni siquiera existe ya verdad bibliográfica incontestable, y los
resúmenes informatizados de los ficheros de las bibliotecas nacionales podrán
suprimir tanto mejor las huellas. (...)
El espectáculo puede dejar de hablar de algo durante tres días y es como si ese
algo no existiese. Habla de cualquier otra cosa y es esa otra la que existe a
partir de entonces. Como puede verse, las consecuencias prácticas son
inmensas.
Se creía que la historia había aparecido en Grecia, con la democracia. Puede
comprobarse que desaparece del mundo con ella.
Sin embargo, a esta lista de triunfos del poder hay que añadir un resultado
para él negativo: un Estado en cuya gestión se instala de forma duradera un
gran déf ici t de conocimientos históricos no puede ser conducido
estratégicamente. (...)
La sociedad llamada democrática, una vez establecida en el estadio de lo
algo no existiese. Habla de cualquier otra cosa y es esa otra la que existe a
partir de entonces. Como puede verse, las consecuencias prácticas son
inmensas.
Se creía que la historia había aparecido en Grecia, con la democracia. Puede
comprobarse que desaparece del mundo con ella.
Sin embargo, a esta lista de triunfos del poder hay que añadir un resultado
para él negativo: un Estado en cuya gestión se instala de forma duradera un
gran déf ici t de conocimientos históricos no puede ser conducido
estratégicamente. (...)
La sociedad llamada democrática, una vez establecida en el estadio de lo
espectacular integrado, parece ser admitida en todas partes como la realización
de una perfección frágil. Así pues, no debe ser expuesta a ataques puesto que
es frágil; por otra parte no es atacable puesto que es perfecta como jamás lo
fue sociedad alguna. Es una sociedad frágil porque debe realizar un gran
esfuerzo para dominar su peligrosa expansión tecnológica. Pero es una sociedad
perfecta para ser gobernada; y la prueba de ello es que todos aquellos que
aspiran a gobernar quieren gobernar en ella, con los mismos procedimientos, y
mantenerla casi exactamente como es. Por primera vez en la Europa
contemporánea, ningún partido ni fracción de partido intenta ya fingir que
tratará de cambiar algo importante. La mercancía no puede ser criticada por
nadie: ni como sistema general ni como una pacotilla determinada que a los
empresarios les ha convenido colocar en ese momento en el mercado.
En todas partes donde reina el espectáculo las únicas fuerzas organizadas son
aquellas que desean el espectáculo. Así pues, ninguna puede ser enemiga de lo
que existe, ni transgredir la omertá que concierne a todo. Se ha acabado con
aquella inquietante concepción, que dominó durante doscientos años, según la
cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o
revolucionada. Y esto no se ha conseguido con la aparición de nuevos
argumentos sino simplemente porque los argumentos se han vuelto inútiles.
Con este resultado se medirá, más que el bienestar general, la terrible fuerza
de las redes de la tiranía.
Jamás la censura ha sido más perfecta. Jamás a aquellos a quienes en algunos
países aún se les ha hecho creer que son ciudadanos libres; se les ha permitido
menos dar a conocer su opinión, toda vez que se trata de una elección que
afectará a su vida real. Jamás ha estado permitido mentirles con una falta de
consecuencias tan perfecta. Se supone que el espectador lo ignora todo, que no
merece nada. Quien siempre mira para saber la continuación, no actuará
jamás: y ése debe ser el espectador. Con frecuencia se oye citar la excepción
de EE.UU., donde Nixon acabó por padecer un día una serie de negaciones
demasiado cínicamente chapuceras; pero esta excepción totalmente local, que
tenía antiguas causas históricas, manifiestamente ha dejado de ser cierta,
puesto que Reagan ha podido hacer recientemente lo mismo con impunidad.
Todo lo que jamás ha sido sancionado está verdaderamente permitido. Resulta
arcaico pues hablar de escándalo. Se atribuye a un relevante hombre de Estado
italiano, instalado simultáneamente en el ministerio y en el gobierno paralelo
llamado P2, Potere Due, una frase que resume profundamente la etapa en que
-con un poco de adelanto Italia y EE.UU.- ha entrado el mundo entero: «Había
escándalos, pero ya no los hay.» (...)
Esta democracia tan perfecta fabrica ella misma su inconcebible enemigo: el
terrorismo. En efecto, quiere ser juzgada por sus enemigos antes que por sus
resultados. La historia del terrorismo está escrita por el Estado; es pues
educativa. Las poblaciones espectadoras no pueden saberlo todo sobre el
terrorismo, pero siempre pueden saber lo suficiente como para ser persuadidas
de que, comparándolo con éste, lo demás deberá parecerles más aceptable, en
cualquier caso, más racional y democrático.
La modernización de la represión ha acabado de perfeccionarse en primer lugar
en la experiencia piloto de Italia, bajo el nombre de «arrepentidos», acusadores
profesionales jurados: lo que en su primera aparición en el siglo XVII, durante
las revueltas de la Fronda, se llamó «testigos de oficio». Este espectacular
progreso de la Justicia ha poblado las cárceles italianas de varios miles de
condenados que expían una guerra civil que no ha tenido lugar, una especie de
amplia insurrección armada que, por casualidad, no ha visto jamás llegar su
hora, un putschismo compuesto de sueños.
Se puede destacar que la interpretación de los misterios del terrorismo parece
haber introducido una simetría entre opiniones contradictorias; como si se
de que, comparándolo con éste, lo demás deberá parecerles más aceptable, en
cualquier caso, más racional y democrático.
La modernización de la represión ha acabado de perfeccionarse en primer lugar
en la experiencia piloto de Italia, bajo el nombre de «arrepentidos», acusadores
profesionales jurados: lo que en su primera aparición en el siglo XVII, durante
las revueltas de la Fronda, se llamó «testigos de oficio». Este espectacular
progreso de la Justicia ha poblado las cárceles italianas de varios miles de
condenados que expían una guerra civil que no ha tenido lugar, una especie de
amplia insurrección armada que, por casualidad, no ha visto jamás llegar su
hora, un putschismo compuesto de sueños.
Se puede destacar que la interpretación de los misterios del terrorismo parece
haber introducido una simetría entre opiniones contradictorias; como si se
tratara de dos escuelas filosóficas que profesaran construcciones metafísicas
absolutamente antagónicas. Algunos no verían en el terrorismo nada más que
algunas evidentes manipulaciones de los servicios secretos; otros, por el
contrario, estimarían que a los terroristas solamente se les puede reprochar su
total falta de sentido histórico. La aplicación de un poco de lógica histórica
permitiría llegar rápidamente a la conclusión de que no hay ninguna
contradicción en considerar que personas carentes de todo sentido histórico
igualmente pueden ser manipuladas e incluso aún más fácilmente que otras. Es
también más fácil llevar a «arrepentirse» a alguien a quien se puede demostrar
que de antemano se conocía todo lo que él había creído hacer libremente. En
las formas organizativas clandestinas de tipo militar se produce el siguiente
efecto inevitable: basta con infiltrar a unos pocos individuos en algunos puntos
de la red para hacer funcionar, y caer, a muchos. En estas cuestiones de
valoración de las luchas armadas, la crítica debería analizar alguna vez una
operación concreta, sin dejarse engañar por la similitud general que
eventualmente todas pudieran revestir. (...)
La disolución de la lógica se ha perseguido por diferentes medios -acordes con
los intereses fundamentales del nuevo sistema de dominación- y que han
actuado siempre prestándose apoyo recíproco. Varios de esos medios sustentan
la instrumentación técnica que ha experimentado y popularizado el espectáculo,
pero otros se hallan más vinculados a la psicología de masas de la sumisión.
(...)
El flujo de imágenes se lo lleva todo, y de igual manera es otro quien gobierna
a su gusto ese resumen simplificado del mundo sensible, ese otro que escoge
adónde debe ir esa corriente así como el ritmo de lo que debe manifestarse
como perpetua sorpresa arbitraria, sin dejar tiempo para la reflexión e
independientemente de lo que el espectador pueda pensar o comprender. En
esa experiencia concreta de la sumisión permanente se halla la raíz psicológica
de la adhesión generalizada a lo que está ahí que viene a reconocerle ipso
facto un valor suficiente. El discurso espectacular calla, además de lo que es
propiamente secreto, todo aquello que no le conviene. De lo que muestra aísla
siempre el entorno, el pasado, las intenciones, las consecuencias. Es pues
totalmente ilógico. Dado que ya nadie puede contradecirle, el espectáculo tiene
derecho a contradecirse a sí mismo, a rectificar su pasado. La altanera actitud
de sus servidores cuando dan a conocer una nueva versión, y quizá más
engañosa todavía, de algunos hechos, es la de rectificar con dureza la
ignorancia y las malas interpretaciones atribuidas a su público, mientras que
son ellos mismos quienes la víspera se apresuraban a difundir ese error, con su
acostumbrado aplomo. De este modo, las enseñanzas del espectáculo y la
ignorancia de los espectadores aparecen indebidamente como factores
antagonistas cuando, en realidad, provienen el uno del otro. El lenguaje binario
del ordenador es otra irresistible incitación a admitir sin reservas lo que ha sido
programado según el deseo del otro, y que se erige en fuente intemporal de
una lógica superior, imparcial y total. ¡Qué rapidez y qué exuberancia de
vocabulario para juzgarlo todo! ¿Político? ¿Social? Hay que escoger, si no es
una cosa es otra. Mi elección se impone. Cuando nos lo dicen sabemos para
qué sirven esas estructuras. No resulta sorprendente que desde muy temprano
los alumnos empiecen con entusiasmo a dedicarse al Saber Absoluto de la
Informática, en tanto que siempre son más ignorantes en cuanto a lectura, que
exige un verdadero juicio a cada línea, y sólo ella puede hacernos acceder a la
amplia experiencia humana antiespectacular. La conversación está casi muerta
y pronto lo estarán muchos de los que saben hablar.
En el plano de los medios de pensamiento de las poblaciones contemporáneas,
la primera causa de decadencia se refiere claramente al hecho de que ningún
discurso difundido por medio del espectáculo da opción a respuesta; y la lógica
sólo se ha formado socialmente en el diálogo. Cuando se ha extendido el
vocabulario para juzgarlo todo! ¿Político? ¿Social? Hay que escoger, si no es
una cosa es otra. Mi elección se impone. Cuando nos lo dicen sabemos para
qué sirven esas estructuras. No resulta sorprendente que desde muy temprano
los alumnos empiecen con entusiasmo a dedicarse al Saber Absoluto de la
Informática, en tanto que siempre son más ignorantes en cuanto a lectura, que
exige un verdadero juicio a cada línea, y sólo ella puede hacernos acceder a la
amplia experiencia humana antiespectacular. La conversación está casi muerta
y pronto lo estarán muchos de los que saben hablar.
En el plano de los medios de pensamiento de las poblaciones contemporáneas,
la primera causa de decadencia se refiere claramente al hecho de que ningún
discurso difundido por medio del espectáculo da opción a respuesta; y la lógica
sólo se ha formado socialmente en el diálogo. Cuando se ha extendido el
respeto hacia aquel que habla desde el espectáculo, a quien se atribuye
importancia, riqueza, prestigio, la autoridad misma, se extiende también entre
los espectadores el deseo de ser tan ilógicos como el espectáculo como medio
de mostrar un reflejo individual de esa autoridad.(...)
El individuo a quien ese pensamiento espectacular empobrecido ha marcado
profundamente, y más que cualquier otro elemento de su formación, se coloca
ya de entrada al servicio del orden establecido, en tanto que su intención
subjetiva puede haber sido totalmente contraria a ello. En lo esencial se guiará
por el lenguaje del espectáculo, ya que es el único que le resulta familiar:
aquél con el que ha aprendido a hablar. Sin duda intentará mostrarse contrario
a su retórica, pero empleará su sintaxis. Este es uno de los más importantes
éxitos obtenidos por la dominación espectacular.
La rápida desaparición del vocabulario preexistente no es más que un estadio
de esa operación a cuyo servicio está. (...)
El propio Mac Luhan, el primer apologista del espectáculo, que parecía el
imbécil más convencido de su siglo, cambió de opinión al descubrir finalmente
en 1976 que «la presión de los mass media empuja hacia lo irracional» y que
era urgente moderar su uso. Con anterioridad el pensador de Toronto había
pasado varios decenios maravillándose de las múltiples libertades que
supondría esa «aldea planetaria» tan instantáneamente accesible a todos sin
ningún esfuerzo. Las aldeas, al contrario que las ciudades, siempre han estado
dominadas por el conformismo, el aislamiento, el control mezquino, el
aburrimiento, los cotilleos repetidos sobre las mismas familias. Y de este modo
se presenta en adelante la vulgaridad del planeta espectacular en que no es
posible distinguir la dinastía de los Grimaldi-Mónaco o los Borbón-Franco de la
que sustituyó a los Estuardo. Sin embargo ingratos discípulos intentan hoy
hacernos olvidar a Mac Luhan y renovar sus primeros hallazgos emprendiendo a
la vez una carrera en el elogio mediático de todas esas libertades que podrán
«escogerse» aleatoriamente dentro de lo efímero. Y probablemente renegarán
de ello más rápido que su inspirador. (...)
El espectáculo esconde sólo algunos de los peligros que rodean al maravilloso
orden que ha establecido. Mientras la polución de los océanos y la destrucción
de los bosques ecuatoriales amenazan la renovación de oxígeno de la tierra, la
capa de ozono se ve afectada por el progreso industrial y las radiaciones de
origen nuclear se acumulan irreversiblemente, el espectáculo concluye que todo
eso carece de importancia. Sólo le interesan los datos y las dosis, le basta con
eso para tranquilizar, cosa que a un espíritu preespectacular le hubiera parecido
imposible. Los métodos de la democracia espectacular son de una gran
flexibilidad, al contrario de la torpe brutalidad del diktat totalitario. Se puede
cambiar el nombre de aquello que ha sido secretamente transformado
(cerveza, buey, un filósofo). También se puede cambiar el nombre de aquello
que ha sido secretamente continuado: por ejemplo en Inglaterra, la fábrica de
retratamiento de residuos nucleares de Windscale ha propiciado el cambio de
nombre de su localidad por el de Sellafield, con el fin de desviar mejor las
sospechas tras un desastroso incendio que tuvo lugar en 1957. Pero ese
retratamiento toponímico no ha impedido el aumento de la mortalidad por
cáncer y leucemia en los alrededores. El gobierno británico -nos enteramos
democráticamente treinta años más tarde- en el momento de producirse el
accidente decidió guardar en secreto el informe de una catástrofe que juzgaba,
no sin razón, de tal naturaleza que podía quebrar la confianza que el público
concedía a lo nuclear.
Las prácticas nucleares -sean militares o civiles- requieren una dosis de secreto
mayor que ningún otro tema aunque, como se sabe, en todos es muy
necesario. Para facilitar la vida, es decir las mentiras, los sabios escogidos por
retratamiento de residuos nucleares de Windscale ha propiciado el cambio de
nombre de su localidad por el de Sellafield, con el fin de desviar mejor las
sospechas tras un desastroso incendio que tuvo lugar en 1957. Pero ese
retratamiento toponímico no ha impedido el aumento de la mortalidad por
cáncer y leucemia en los alrededores. El gobierno británico -nos enteramos
democráticamente treinta años más tarde- en el momento de producirse el
accidente decidió guardar en secreto el informe de una catástrofe que juzgaba,
no sin razón, de tal naturaleza que podía quebrar la confianza que el público
concedía a lo nuclear.
Las prácticas nucleares -sean militares o civiles- requieren una dosis de secreto
mayor que ningún otro tema aunque, como se sabe, en todos es muy
necesario. Para facilitar la vida, es decir las mentiras, los sabios escogidos por
los amos de este sistema han descubierto la utilidad de cambiar también las
unidades de medida, de modificarlas según un mayor número de criterios, de
refinarlas con el fin de poder trampear, según el caso, con varias de esas cifras
difícilmente convertibles. Así, para evaluar la radiactividad se puede disponer
de las unidades de medida siguientes: el curio, becquerel, el roétgen, el rad, el
rem, sin olvidar el sencillo milirad y el sivert, que no es más que una unidad
de cien rems. Esta serie recuerda las subdivisiones de la moneda inglesa, cuya
complejidad resultaba muy dificil para los extranjeros, en los tiempos en que
Sellafield todavía se llamaba Windscale. (...)
En junio de 1987, Pierre Bacher, director adjunto del equipo del EDF (Electricité
de France), expuso la última doctrina respecto a la seguridad de las centrales
nucleares. Dotándolas de válvulas y filtros es mucho más fácil evitar
catástrofes mayores como la fisura o explosión del reactor, que afectaría al
conjunto de una «región». Eso es lo que pasaría si se lo comprimiera en
exceso. Es más conveniente que, cada vez que parezca que el reactor va a
dispararse, se ejerza una ligera descompresión rociando una zona próxima de
algunos kilómetros, extensión que cada vez será diferente y aleatoriamente
ampliada según el capricho de los vientos. Los discretos análisis llevados a
cabo en Caradoche, en Drôme, «han puesto de manifiesto que las fugas -
esencialmente de gasno- superan en algunos por mil el peor uno por ciento de
la radiactividad reinante en la zona. Ese peor se mantiene pues muy
moderado: uno por ciento. Antes se estaba muy seguro de que no había riesgo
salvo en caso de accidente, por supuesto imposible. Los primeros años de
experiencia han modificado esa creencia y, en consecuencia, puesto que el
accidente siempre es posible, lo que hay que evitar es que alcance un grado
catastrófico, lo que resulta fácil; basta de contaminar interrumpidamente con
moderación. (...)
Es una lástima que la sociedad humana tropiece con problemas tan candentes
en el momento en que se ha hecho materialmente imposible hacer oír la más
mínima objeción al discurso mercantil; precisamente porque, gracias al
espectáculo, está a cubierto de tener que responder de sus decisiones y
justificaciones fragmentarias o delirantes, cree que no tiene necesidad de
pensar. Por convencido que sea el demócrata ¿no preferiría que se le hubieran
escogido amos más inteligentes?
En la conferencia internacional de expertos que tuvo lugar en Ginebra en
diciembre de 1986, simplemente era cuestión de prohibir mundialmente la
producción de clorofluocarbono, el gas que, desde hace poco pero a marchas
forzadas, está haciendo desaparecer la fina capa de ozono que -como se
recordará- protege este planeta contra los efectos nocivos de la radiación
cósmica. Daniel Verilhe, representante de la filial de Productos Químicos de Elf
Aquitaine y que figuraba como tal en una delegación francesa firmemente
opuesta a la prohibición, hacía una observación llena de sentido: «Se necesitan
tres años para poner a punto posibles sustitutos y los costes pueden
multiplicarse por cuatro.» Es sabido que esa fugitiva capa de ozono no
pertenece a nadie ni tiene ningún valor comercial. La estrategia industrial ha
conseguido pues que sus opositores se aperciban de toda su inexplicable
despreocupación económica con esta referencia a la realidad: «Es muy
aventurado basar una estrategia industrial en imperativos de tipo ambiental.»
Aquellos que hace ya mucho tiempo empezaron a criticar la economía política
definiéndola como «la total negación del hombre» no se equivocaban, se puede
reconocer en los rasgos descritos. (...)
Se dice que actualmente la ciencia se halla sometida a imperativos de
rentabilidad económica, lo que siempre ha sido cierto. Lo que resulta nuevo es
que la economía haya venido a hacerle abiertamente la guerra a los humanos,
no solamente a sus condiciones de vida sino también a las de su supervivencia.
En este momento el pensamiento científico ha optado, en contra de gran parte
multiplicarse por cuatro.» Es sabido que esa fugitiva capa de ozono no
pertenece a nadie ni tiene ningún valor comercial. La estrategia industrial ha
conseguido pues que sus opositores se aperciban de toda su inexplicable
despreocupación económica con esta referencia a la realidad: «Es muy
aventurado basar una estrategia industrial en imperativos de tipo ambiental.»
Aquellos que hace ya mucho tiempo empezaron a criticar la economía política
definiéndola como «la total negación del hombre» no se equivocaban, se puede
reconocer en los rasgos descritos. (...)
Se dice que actualmente la ciencia se halla sometida a imperativos de
rentabilidad económica, lo que siempre ha sido cierto. Lo que resulta nuevo es
que la economía haya venido a hacerle abiertamente la guerra a los humanos,
no solamente a sus condiciones de vida sino también a las de su supervivencia.
En este momento el pensamiento científico ha optado, en contra de gran parte
de su pasado antiesclavista, por servir a la dominación espectacular. Antes de
llegar a este punto la ciencia poseía una relativa autonomía. Sabia pensar su
parcela de realidad y de este modo contribuir inmensamente a aumentar los
medios de la economía. Ahora que la todopoderosa economía se ha vuelto
loca, y los tiempos espectaculares no son más que eso , ésta ha suprimido el
último rastro de autonomía científica, tanto en el plano metodológico como en
el de las condiciones prácticas de la actividad de los «investigadores». A la
ciencia ya no se le pide que comprenda el mundo o lo mejore en algo. Se le
pide que justifique inmediatamente todo lo que se hace. Tan estúpida en ese
terreno como en todos los demás, que explota con la más ruinosa irreflexión,
la dominación espectacular ha echado abajo el gigantesco árbol del
conocimiento científico con la única finalidad de hacerse tallar un bastón. Para
obedecer a esta última demanda social de una justificación manifiestamente
imposible, vale más no saber pensar demasiado sino, por el contrario, estar
bien entrenado en las comodidades del discurso espectacular. Y, efectivamente,
es en esa carrera donde precisamente ha encontrado su más reciente
especialización -con muy buena voluntad- la prostituida ciencia de estos días
despreciables.
La ciencia de la justificación engañosa apareció de forma natural a partir de los
primeros síntomas de decadencia de la sociedad burguesa, con la cancerosa
proliferación de las pseudociencias llamadas «del hombre»; pero, en el caso de
la medicina moderna, durante un tiempo pudo hacerse pasar por útil, aunque
los que vencieron a la viruela o a la lepra no eran los mismos que
rastreramente han capitulado entre las radiaciones nucleares o la química
agroalimentaria. Se objeta rápidamente que hoy en día la medicina no tiene
derecho a defender la salud de la población contra el entorno patógeno pues
eso sería oponerse al Estado o, al menos, a la industria farmacéutica.
La actividad científica presente reconoce en qué se ha convertido y está
obligada a callar. Por eso y por lo que, muy a menudo, tiene la simpleza de
decir. Los profesores Even y Andrieu, del Hospital Laénnec, anunciaron en
noviembre de 1985 -tras experimentar ocho días con cuatro enfermos- que
quizá habían descubierto un remedio eficaz contra el SIDA; los enfermos
murieron dos días después. Varios médicos, menos avanzados o quizá celosos,
expresaron algunas reservas por la manera tan precipitada de correr a registrar
lo que no era más que una engañosa apariencia de victoria horas antes del
desastre. Even y Andrieu se defendieron sin inmutarse afirmando que «después
de todo, más vale tener falsas esperanzas que ninguna». Eran incluso
demasiado ignorantes para reconocer que ese argumento por sí solo constituía
una completa abjuración del espíritu científico y que históricamente siempre
había servido para cubrir los provechosos sueños de charlatanes y brujos; en
los tiempos en que no se les confiaba la dirección de los hospitales.
Cuando la ciencia oficial, al igual que todo el resto del espectáculo social, se
comporta de tal manera que, bajo una representación materialmente
modernizada, enriquecida, no hace más que retomar las antiguas técnicas de
los feriantes - ilusionistas, vendedores ambulantes y curanderos-, no puede
sorprender ver la gran autoridad que adquieren, paralelamente y de algún
modo por todas partes, los magos, las sectas, el zen envasado al vacío o la
teología de los mormones. La ignorancia, que tan bien ha servido a los poderes
establecidos, siempre ha sido, además, explotada por ingeniosas empresas al
margen de la ley. (...)
El concepto, aún nuevo, de desinformación ha sido recientemente importado de
Rusia junto a muchas otras investigaciones útiles para la gestión de los estados
modernos. Es muy utilizado por un poder -o corolariamente por personas que
ostentan un fragmento de autoridad económica o política para mantener lo
establecido; y atribuyendo siempre a esa utilización una función
modernizada, enriquecida, no hace más que retomar las antiguas técnicas de
los feriantes - ilusionistas, vendedores ambulantes y curanderos-, no puede
sorprender ver la gran autoridad que adquieren, paralelamente y de algún
modo por todas partes, los magos, las sectas, el zen envasado al vacío o la
teología de los mormones. La ignorancia, que tan bien ha servido a los poderes
establecidos, siempre ha sido, además, explotada por ingeniosas empresas al
margen de la ley. (...)
El concepto, aún nuevo, de desinformación ha sido recientemente importado de
Rusia junto a muchas otras investigaciones útiles para la gestión de los estados
modernos. Es muy utilizado por un poder -o corolariamente por personas que
ostentan un fragmento de autoridad económica o política para mantener lo
establecido; y atribuyendo siempre a esa utilización una función
contraofensiva. Lo que puede oponerse a una única verdad oficial debe ser
necesariamente una desinformación emanada de potencias hostiles o al menos
rivales, intencionadamente falseada por la malevolencia. La desinformación no
es la simple negación de un hecho que conviene a las autoridades, o la simple
afirmación de un hecho que no les conviene: a eso se le llamaría psicosis.
Contrariamente a la pura mentira, la desinformación -y he aquí por qué el
concepto resulta interesante para los defensores de la sociedad dominantefatalmente
debe contener una cierta dosis de verdad, pero deliberadamente
manipulada por un hábil enemigo. El poder que habla de desinformación no se
cree él mismo libre de defectos, pero sabe que podrá atribuir a cualquier crítica
esa excesiva insignificancia que está en la naturaleza de la desinformación; y
de esa manera jamás tendrá que reconocer un defecto propio.
La desinformación sería, en definitiva, el mal uso de la verdad, quien la lanza
es culpable y quien la cree, imbécil. Pero ¿quién será pues el hábil enemigo?
En este caso no puede ser el terrorismo, que no corre el riesgo de
«desinformar» a nadie, puesto que está encargado de representar
ontológicamente el error más burdo y menos admisible. Gracias a su
etimología y a los recuerdos contemporáneos de los enfrentamientos que, hacia
mediados de siglo, opusieron brevemente el Este al Oeste, espectacular
concentrado y espectacular difuso, aún hoy el capitalismo de lo espectacular
integrado finge creer que el capitalismo de burocracia totalitaria -a veces
presentado incluso como la base oculta o la inspiración de los terroristas- sigue
siendo su enemigo esencial, al igual que el otro dirá lo mismo del primero, a
pesar de las innumerables pruebas de su alianza y profunda solidaridad. De
hecho, todos los poderes establecidos, a despecho de rivalidades locales, y sin
querer reconocerlo jamás, piensan continuamente lo que supo recordar un día -
desde la subversión y sin demasiado éxito entonces- uno de los raros
internacionalistas alemanes, después de comenzada la guerra de 1914: «El
principal enemigo está en nuestro país.» Finalmente, la desinformación es el
equivalente de lo que, en el discurso de la guerra social del siglo XIX
representaban «las malas pasiones». Es todo lo que es oscuro y se arriesga a
querer oponerse al extraordinario bienestar con que esta sociedad, como es
sabido, beneficia a aquellos que le otorgan su confianza; bienestar que no
podría pagarse con todos los riesgos o insignificantes sinsabores. Y todos los
que ven ese bienestar en el espectáculo, admiten que no hay que escatimar en
su coste; mientras, los otros desinforman.
Otra ventaja que se encuentra en el hecho de denunciar, explicándola así, una
desinformación particular es que, en consecuencia, el discurso global del
espectáculo no resultará sospechoso de contenerla, puesto que puede designar,
con la más científica seguridad, el terreno en el que se halla la única
desinformación: es todo lo que puede decirse y no le gusta. (...)
El concepto confusionista de desinformación se erige en vedette para rechazar
instantáneamente, por el solo sonido de su nombre, toda critica que no
hubieran hecho desaparecer las diversas agencias de la organización del
silencio. Por ejemplo, si así fuera deseable, un día podría decirse que este
escrito es una empresa de desinformación sobre el espectáculo; o bien, lo que
sería lo mismo, de desinformación en detrimento de la democracia. (...)
Cuando aún había ideologías que se enfrentaban, que se proclamaban a favor o
en contra de tal aspecto de la realidad, había fanáticos y embusteros, pero no
«desinformadores». Cuando por respeto al consenso espectacular o, al menos,
por una voluntad de vanagloria espectacular, no está permitido decir realmente
aquello a lo que uno se opone o lo que se aprueba con todas sus
consecuencias; cuando se topa a menudo con la obligación de disimular un
aspecto que, por alguna razón, se considera peligroso dentro de lo que se
supone debe admitirse, entonces se practica la desinformación; por
hubieran hecho desaparecer las diversas agencias de la organización del
silencio. Por ejemplo, si así fuera deseable, un día podría decirse que este
escrito es una empresa de desinformación sobre el espectáculo; o bien, lo que
sería lo mismo, de desinformación en detrimento de la democracia. (...)
Cuando aún había ideologías que se enfrentaban, que se proclamaban a favor o
en contra de tal aspecto de la realidad, había fanáticos y embusteros, pero no
«desinformadores». Cuando por respeto al consenso espectacular o, al menos,
por una voluntad de vanagloria espectacular, no está permitido decir realmente
aquello a lo que uno se opone o lo que se aprueba con todas sus
consecuencias; cuando se topa a menudo con la obligación de disimular un
aspecto que, por alguna razón, se considera peligroso dentro de lo que se
supone debe admitirse, entonces se practica la desinformación; por
atolondramiento, por olvido o por pretendido falso razonamiento. Y por
ejemplo, en el terreno de la contestación después de 1968, los recuperadores
incapaces a los que se llamó «pro-situs» fueron los primeros desinformadores,
porque disimulaban tanto como les era posible las manifestaciones prácticas a
través de las cuales se había afirmado la crítica que ellos se jactaban de
adoptar; y, molestos si tenían que suavizar la expresión, no citaban jamás
nada ni a nadie, para mantener la apariencia de que habían encontrado algo.
(...)
Invirtiendo una famosa cita de Hegel yo escribía ya en 1967 que «en el mundo
realmente trastocado, lo verdadero es un momento de lo falso». Los años
transcurridos desde entonces han demostrado los progresos de ese principio en
cada terreno particular sin excepción.
Así, en una época en que puede existir arte contemporáneo se hace difícil
juzgar las artes clásicas. Aquí, como en todas partes, la ignorancia sólo se
produce para ser explotada. Al mismo tiempo que se pierden simultáneamente
el sentido de la historia y el gusto, se organizan redes de falsificación. Basta
con tener a los expertos y a los tasadores, lo que es bastante fácil, y colarlo
todo, porque, tanto en los asuntos de esta naturaleza como en definitiva en
todos los demás, la venta es la que autentifica cualquier valor. Después son los
coleccionistas o los museos, sobre todo americanos, quienes, atiborrados de
falso, tendrán interés en mantener la buena reputación, al igual que el Fondo
Monetario Internacional mantiene la ficción del valor positivo de las inmensas
deudas de cien naciones.
Lo falso forma el gusto, y sostiene lo falso, haciendo desaparecer, a sabiendas,
la posibilidad de referencia a lo auténtico. En cuanto es posible se rehace
incluso lo verdadero para que se parezca a lo falso. Los americanos, aun siendo
los más ricos y los más modernos, han sido las principales víctimas de este
comercio de lo falso en arte. Y son precisamente ellos quienes financian los
trabajos de restauración de Versailles o de la Capilla Sixtina. Por eso los
frescos de Miguel Angel adquirirán los vivos colores de una historieta, y los
auténticos muebles de Versailles, ese brillo del dorado que los hará muy
parecidos al falso mobiliario de época Luis XIV costosamente importado a
Texas.
El juicio de Feuerbach sobre el hecho de que su tiempo prefería «la imagen a la
cosa, la copia al original, la representación a la realidad», ha sido enteramente
confirmado por la época del espectáculo, y ello en algunos terrenos en los que
el siglo XIX quiso mantenerse al margen de lo que constituía ya su verdadera
naturaleza: la producción industrial capitalista. Así es como la burguesía
propagó el riguroso espíritu del museo, del objeto original, de la crítica
histórica exacta, del documento auténtico. Pero hoy en todas partes lo artificial
tiende a reemplazar a lo verdadero. En este momento la polución originada por
el tráfico obliga a sustituir los caballos de Marly o las estatuas romanas del
pórtico de Saint-Trophime por réplicas en plástico. En definitiva, todo será más
bonito que antes, para ser fotografiado por los turistas. (...)
Nuestra sociedad se basa en el secreto, desde las «sociedades pantalla» que
ponen a cubierto los bienes concentrados de los poseedores, hasta el «secretodefensa
» que cubre actualmente un inmenso espacio de plena libertad
extrajudicial del Estado; desde los secretos, a menudo pavorosos, de la
fabricación pobre, que se esconden tras la publicidad, hasta las proyecciones de
las variantes del futuro extrapolado, sobre las cuales la dominación lee por sí
sola el progreso más probable de lo que afirma no tener ninguna clase de
existencia, calculando las respuestas que aportará misteriosamente. A este
respecto pueden hacerse algunas observaciones.
Tanto en las grandes ciudades como en algunos espacios reservados del campo,
pórtico de Saint-Trophime por réplicas en plástico. En definitiva, todo será más
bonito que antes, para ser fotografiado por los turistas. (...)
Nuestra sociedad se basa en el secreto, desde las «sociedades pantalla» que
ponen a cubierto los bienes concentrados de los poseedores, hasta el «secretodefensa
» que cubre actualmente un inmenso espacio de plena libertad
extrajudicial del Estado; desde los secretos, a menudo pavorosos, de la
fabricación pobre, que se esconden tras la publicidad, hasta las proyecciones de
las variantes del futuro extrapolado, sobre las cuales la dominación lee por sí
sola el progreso más probable de lo que afirma no tener ninguna clase de
existencia, calculando las respuestas que aportará misteriosamente. A este
respecto pueden hacerse algunas observaciones.
Tanto en las grandes ciudades como en algunos espacios reservados del campo,
hay siempre un gran número de lugares inaccesibles, es decir, guardados y
protegidos de toda mirada; colocados fuera del alcance de la curiosidad
inocente y fuertemente abrigados del espionaje. Sin ser todos propiamente
militares, se ciñen a ese modelo para colocarse más allá de cualquier riesgo de
control por parte de paseantes o habitantes, o incluso por parte de la policía
que, desde hace tiempo, ha visto cómo sus funciones se reducían a las de
vigilancia y represión de la delincuencia más común.
Así en Italia, cuando Aldo Moro fue secuestrado por Potere Due, no estaba
retenido en un edificio más o menos difícil de localizar sino simplemente
impenetrable.
Cada vez hay un mayor número de hombres formados para actuar en el
secreto; instruidos y entrenados para no hacer más que eso. Se trata de los
destacamentos especiales de hombres armados de archivos reservados, es
decir, de observaciones y análisis secretos. Otros disponen de diversas técnicas
para la explotación y manipulación de esos asuntos secretos. (...).
Esos hombres, especializados en la vigilancia y la influencia, cuentan cada vez
con más medios y encuentran, además, circunstancias generales que les son
progresivamente más favorables. Cuando, por ejemplo, las nuevas condiciones
de la sociedad de lo espectacular integrado han obligado a su crítica a ser
realmente clandestina -no porque ésta se esconda sino porque está oculta bajo
la pesada puesta en escena del pensamiento del divertimiento-, los que están
encargados de vigilar esa critica, y necesitan desmentirla, en última instancia
pueden utilizar contra ella los recursos tradicionales en el medio clandestino:
provocación, infiltración, y diversas formas de eliminación de la crítica
auténtica en provecho de una falsa que habrá podido establecerse a ese efecto.
La incertidumbre crece cuando, a propósito de ello, la impostura general del
espectáculo se enriquece con la posibilidad de recurrir a mil imposturas
particulares. Un crimen sin explicación puede llamarse también suicidio, sea en
prisión o en cualquier otra parte; la disolución de la lógica permite
investigaciones y procesos que caen en picado en lo irracional y que, con
frecuencia, son falseados desde el principio por extravagantes autopsias que
practican singulares expertos.
Desde hace mucho tiempo es normal ver en todas partes cómo se ejecuta
sumariamente a toda clase de gente. Los terroristas conocidos, o considerados
como tales, son combatidos abiertamente de manera terrorista. El Mossad
mata a Abou Jihad o los S.A.S. ingleses a irlandeses, o la policía paralela de
los GAL a vascos. Aquellos a quienes se manda asesinar por supuestos
terroristas no son escogidos al azar, pero, en general, es imposible estar
seguro de conocer los motivos. Se sabe que la estación de Bolonia voló para
que Italia siga estando bien gobernada, y qué son los «escuadrones de la
muerte» en Brasil, y que la Mafia puede incendiar un hotel en Estados Unidos
para apoyar un rackett. Pero ¿cómo saber para qué han podido servir en
realidad los «locos asesinos de Brabante»? Es muy difícil aplicar el principio cui
prodest en un mundo en el que tantos intereses activos están tan bien
escondidos. Así pues, bajo lo espectacular integrado, se vive y muere en el
punto de confluencia de un gran número de misterios.
Los rumores mediático-policiales adquieren al instante, o en el peor de los
casos tras haber sido repetidos tres o cuatro veces, el peso indiscutible de
pruebas históricas seculares. (...)
Yendo más a fondo, en este mundo oficialmente tan lleno de respeto por todas
las necesidades económicas, nadie sabe jamás lo que cuesta verdaderamente
cualquier cosa que se produce: efectivamente, la parte más importante del
coste real jamás se calcula; el resto se mantiene en secreto.
realidad los «locos asesinos de Brabante»? Es muy difícil aplicar el principio cui
prodest en un mundo en el que tantos intereses activos están tan bien
escondidos. Así pues, bajo lo espectacular integrado, se vive y muere en el
punto de confluencia de un gran número de misterios.
Los rumores mediático-policiales adquieren al instante, o en el peor de los
casos tras haber sido repetidos tres o cuatro veces, el peso indiscutible de
pruebas históricas seculares. (...)
Yendo más a fondo, en este mundo oficialmente tan lleno de respeto por todas
las necesidades económicas, nadie sabe jamás lo que cuesta verdaderamente
cualquier cosa que se produce: efectivamente, la parte más importante del
coste real jamás se calcula; el resto se mantiene en secreto.
A comienzos del año 1988 el general Noriega se hizo mundialmente famoso en
un instante. Era dictador sin título del Panamá, país sin ejército, donde
mandaba la Guardia Nacional. (...) Noriega había hecho su carrera, en esto
idéntica a la de Jaruzelski en Polonia, como general-policía al servicio del
ocupante. Era importador de droga de los Estados Unidos, pues Panamá no
produce la suficiente, y exportaba a Suiza sus capitales «panameños». Había
trabajado con la CIA contra Cuba y, para disponer de la tapadera adecuada a
sus actividades económicas, también había denunciado ante las autoridades
norteamericanas, tan obsesionadas con ese problema, a cierto número de
rivales suyos en la importación. Su principal consejero en materia de
seguridad, que provocaba la envidia de Washington, era el mejor del mercado:
Michael Harari, antiguo oficial del Mossad, el servicio secreto de Israel. Cuando
los americanos quisieron deshacerse del personaje de Noriega porque algunos
tribunales norteamericanos imprudentemente lo habían condenado, Noriega se
declaró dispuesto a defenderse durante mil años, por patriotismo panameño,
contra su pueblo en rebelión y contra el extranjero; recibió rápidamente la
aprobación pública de los dictadores burocráticos más austeros, los de Cuba y
Nicaragua, en nombre del antiimperialismo.
Lejos de ser una singularidad exclusivamente panameña, este general Noriega,
que vende todo y simula todo en un mundo que hace lo mismo en todas
partes, es, como persona, como hombre de Estado, como general, como
capitalista, totalmente representativo de lo espectacular integrado, y de los
logros que este último consigue en las más variadas direcciones de su política
interior e internacional. Es un modelo de príncipe de nuestro tiempo; y entre
aquellos que se dedican a llegar y permanecer en el poder, donde quiera que
éste pueda estar, los más capaces se le parecen mucho. No es Panamá lo que
produce tales maravillas, es esta época. (...)
En el momento en que casi todos los aspectos de la vida política internacional,
y un número creciente de los que cuentan en política interior, son guiados y
mostrados al estilo de los servicios secretos, con engaños, con desinformación,
doble explicación -que puede ocultar otra, o solamente parecerlo-, el
espectáculo se limita a dar a conocer el mundo agotador de lo incomprensible
obligatorio, una aburrida serie de novelas policíacas carentes de vida y en las
que siempre falta la conclusión. Entonces es cuando la escenificación realista
de un combate de negros, de noche, en un túnel, aparece como un recurso
dramático.
La imbecilidad cree que todo está claro cuando la televisión muestra una
imagen bella y la comenta con una mentira. La semielite se contenta con saber
que casi todo es oscuro, ambivalente, «montado» en función de códigos
desconocidos. Una elite más restringida querría saber lo verdadero, muy difícil
de distinguir claramente en cada caso, a pesar de todos los datos reservados y
todas las confidencias de que pueda disponer. Porque esa elite quisiera conocer
el método de la verdad, aunque esa voluntad suya está por regla general
abocada al fracaso. (...)
El secreto domina el mundo y, en primer lugar, lo hace como secreto de la
dominación. Según el espectáculo, el secreto no sería más que una excepción
necesaria a la regla de la información abundantemente ofrecida en toda la
superficie de la sociedad, al igual que la dominación en «este mundo libre» de
lo espectacular integrado, se reduciría a no ser más que un departamento
ejecutivo al servicio de la democracia. Pero nadie se cree verdaderamente el
espectáculo. ¿Cómo aceptarían los espectadores la existencia del secreto, que
por sí solo hace que no puedan administrar un mundo del que ignoran las
principales realidades, si, como gesto extraordinario, se les pidiera de verdad
su opinión sobre la manera de hacerlo? Es un hecho que el secreto no se le
el método de la verdad, aunque esa voluntad suya está por regla general
abocada al fracaso. (...)
El secreto domina el mundo y, en primer lugar, lo hace como secreto de la
dominación. Según el espectáculo, el secreto no sería más que una excepción
necesaria a la regla de la información abundantemente ofrecida en toda la
superficie de la sociedad, al igual que la dominación en «este mundo libre» de
lo espectacular integrado, se reduciría a no ser más que un departamento
ejecutivo al servicio de la democracia. Pero nadie se cree verdaderamente el
espectáculo. ¿Cómo aceptarían los espectadores la existencia del secreto, que
por sí solo hace que no puedan administrar un mundo del que ignoran las
principales realidades, si, como gesto extraordinario, se les pidiera de verdad
su opinión sobre la manera de hacerlo? Es un hecho que el secreto no se le
aparece a casi nadie en su pureza inaccesible y en su generalidad funcional.
Todos admiten que inevitablemente haya una pequeña zona de secreto
reservado a los especialistas; y, por regla general, muchos creen estar en el
secreto.
La Boétie, en su Discours sur la servidute volontaire, ha mostrado cómo el
poder de un tirano debe hallar numerosos apoyos entre los círculos concéntricos
de individuos que en él encuentran, o creen encontrar, su provecho. Igualmente
muchos de entre los políticos o los mediáticos que se jactan de que no se les
puede tachar de irresponsables, conocen muchas cosas por relaciones y
confidencias. Quien está contento en el secreto apenas lo critica, ni es
consciente de que, en todas las confidencias, la parte principal de la realidad
siempre le será ocultada. Por la benévola protección de los tahúres conoce
algunas cartas, pero pueden ser falsas; y el método dirigente jamás explica el
juego. Se identifica enseguida con los manipuladores y desprecia la ignorancia
que en el fondo comparte. Las migajas de información que se les ofrecen a
esos parientes de la tiranía del engaño, normalmente están infectadas de
mentira, son incontrolables, manipuladas. Sin embargo resultan placenteras
para aquellos que acceden a ellas, puesto que les hace sentirse superiores a
todos los que no saben nada. Sólo sirven para conseguir más fácilmente la
aprobación de la dominación y jamás para comprenderla de manera efectiva.
Constituyen el privilegio de los espectadores de primera clase: los que cometen
la estupidez de creer que pueden comprender algo, no sirviéndose de lo que se
les oculta sino ¡creyendo en lo que se les revela! (...)
En enero de 1988, la Mafia colombiana de la droga publica un comunicado
destinado a modificar la opinión pública sobre su pretendida existencia. La
mayor exigencia de una Mafia, allí donde pueda estar constituida es,
naturalmente, establecer que no existe o que ha sido víctima de calumnias
poco científicas; ése es su primer parecido con el capitalismo. Pero, en este
caso, esa Mafia irritada por ser la única a la que se ponía en evidencia llegó a
mencionar a los otros grupos que querían hacerse olvidar tomándola
abusivamente como chivo expiatorio. Declaraba: «Nosotros no pertenecemos a
la mafia burocrática y política, ni a la de los banqueros y financieros, ni a la de
los millonarios, ni a la mafia de los grandes contratos fraudulentos, los
monopolios o el petróleo, ni a la de los grandes medios de comunicación.»
Sin duda puede considerarse que los autores de esta declaración, como los
otros, tienen interés en verter sus propias prácticas en el amplio río de aguas
turbulentas de la criminalidad y las ilegalidades más corrientes, que riega en
toda su extensión la sociedad actual, pero también hay que convenir que se
trata de personas que, por profesión, saben mejor que otras de qué están
hablando. En todos los ámbitos de la sociedad moderna, la Mafia funciona cada
vez mejor. Crece tan rápido como los otros productos del trabajo por medio de
los cuales la sociedad de lo espectacular integrado conforma su mundo. La
Mafia se engrandece con los inmensos progresos de los ordenadores y la
alimentación industrial, con la completa reconstrucción urbana y con las
chabolas, con los servicios especiales y el analfabetismo. (...)
Sin duda es en Italia donde -de regreso de sus experiencias y conquistas
americanas- la Mafia ha adquirido mayor fuerza: desde la época de su
compromiso histórico con el gobierno paralelo se ha encontrado en situación de
mandar asesinar a jueces de instrucción o a jefes de policía, práctica que había
podido inaugurar con su participación en las escaladas de «terrorismo» político.
La similar evolución del equivalente japonés de la Mafia, en condiciones
relativamente independientes, demuestra claramente la unidad de la época.
Es una equivocación querer explicar nada oponiendo la Mafia al Estado: nunca
son rivales. La teoría verifica con facilidad lo que todos los rumores de la vida
práctica habían demostrado demasiado fácilmente. La Mafia no es ajena al
alimentación industrial, con la completa reconstrucción urbana y con las
chabolas, con los servicios especiales y el analfabetismo. (...)
Sin duda es en Italia donde -de regreso de sus experiencias y conquistas
americanas- la Mafia ha adquirido mayor fuerza: desde la época de su
compromiso histórico con el gobierno paralelo se ha encontrado en situación de
mandar asesinar a jueces de instrucción o a jefes de policía, práctica que había
podido inaugurar con su participación en las escaladas de «terrorismo» político.
La similar evolución del equivalente japonés de la Mafia, en condiciones
relativamente independientes, demuestra claramente la unidad de la época.
Es una equivocación querer explicar nada oponiendo la Mafia al Estado: nunca
son rivales. La teoría verifica con facilidad lo que todos los rumores de la vida
práctica habían demostrado demasiado fácilmente. La Mafia no es ajena al
mundo; está perfectamente integrada en él. En el momento de lo espectacular
integrado, la Mafia reina como el modelo de todas las empresas comerciales
avanzadas. (...)
De las redes de promoción-control se resbala insensiblemente a las de
vigilancia-desinformación. En otras épocas se conspiraba siempre contra un
orden establecido. Hoy en día conspirar a favor es un nuevo oficio de gran
futuro. Bajo la dominación espectacular, se conspira para mantenerla y para
asegurar lo que sólo ella podrá denominar su buena marcha. Esta conspiración
forma parte de su propio funcionamiento. (...)
Los servicios secretos eran llamados por toda la historia de la sociedad
espectacular a desempeñar el papel de eje central; ya que en ellos se
concentran, en su mayor grado, las características y los medios de ejecución de
una sociedad similar. Son también los encargados de arbitrar los intereses
generales de esa sociedad, aunque bajo su modesto título de «servicios». No se
trata de abuso puesto que ellos expresan fielmente las costumbres ordinarias
del siglo del espectáculo. Y es así como vigilantes y vigilados huyen sobre un
océano sin orillas. El espectáculo ha hecho triunfar el secreto y deberá
permanecer para siempre en manos de los especialistas del secreto, que, desde
luego, no son funcionarios que vienen a independizarse a diferentes niveles del
control del Estado; que no son todos funcionarios. (...)
Una ley general de funcionamiento de lo espectacular integrado, al menos para
quienes lo dirigen, es que, en ese marco, todo lo que puede hacerse debe ser
hecho. Es decir que todo nuevo instrumento debe ser empleado, cueste lo que
cueste. El útil novedoso se convierte en todas partes en el fin y motor del
sistema; y será el único que podrá modificar perceptiblemente su marcha cada
vez que su empleo sea impuesto sin más reflexión. En efecto, los propietarios
de la sociedad quieren, ante todo, mantener una cierta «relación social entre
las personas», pero también tienen que perseguir la renovación tecnológica
incesante; ésa ha sido una de las obligaciones que han aceptado con su
herencia. Esta ley se aplica de igual manera a los servicios que protegen la
dominación. El instrumento que se ha puesto a punto debe ser empleado y su
empleo reforzará las mismas condiciones que favorecen ese empleo. De este
modo es como los procedimientos de urgencia se convierten en procedimientos
cotidianos.
La coherencia de la sociedad del espectáculo de alguna manera ha dado la
razón a los revolucionarios, puesto que se ha visto claramente que no se puede
reformar el detalle más insignificante sin deshacer el conjunto. Pero, a la vez,
esa coherencia ha suprimido cualquier tendencia revolucionaria organizada
suprimiendo los terrenos sociales donde ésta había podido expresarse mejor o
peor: del sindicalismo a los diarios, de la ciudad a los libros. De una sola vez
ha podido ponerse en evidencia la incompetencia y la irreflexión de las que esa
tendencia era portadora natural. Y, en el plano individual, la coherencia
reinante es muy capaz de eliminar, o comprar, algunas eventuales
excepciones. (...)
La vigilancia podría ser mucho más peligrosa si, en el camino del control
absoluto de todos, no hubiera sido empujada hasta un extremo en que se
encuentra con dificultades surgidas de sus propios progresos. Hay contradicción
entre la masa de las informaciones relativas a un número creciente de
individuos y el tiempo e inteligencia disponibles para analizarlos; o
simplemente para analizar su interés. La abundancia de la materia obliga a
resumirla a cada etapa: una gran parte desaparece y el resto aún es
demasiado largo para ser leído. El uso de la vigilancia y la manipulación no
está unificado. En todas partes se lucha para combatir los beneficios, y por
tanto también para el desarrollo prioritario de tal o cual virtualidad de la
reinante es muy capaz de eliminar, o comprar, algunas eventuales
excepciones. (...)
La vigilancia podría ser mucho más peligrosa si, en el camino del control
absoluto de todos, no hubiera sido empujada hasta un extremo en que se
encuentra con dificultades surgidas de sus propios progresos. Hay contradicción
entre la masa de las informaciones relativas a un número creciente de
individuos y el tiempo e inteligencia disponibles para analizarlos; o
simplemente para analizar su interés. La abundancia de la materia obliga a
resumirla a cada etapa: una gran parte desaparece y el resto aún es
demasiado largo para ser leído. El uso de la vigilancia y la manipulación no
está unificado. En todas partes se lucha para combatir los beneficios, y por
tanto también para el desarrollo prioritario de tal o cual virtualidad de la
sociedad existente, en detrimento de todas sus otras virtualidades que, sin
embargo, y aunque sean de la misma especie, son consideradas igualmente
respetables.
Se lucha también por juego. Todos los oficiales son llevados a sobrevalorar a
sus agentes y también a los adversarios de los que se ocupan. Todos los
países, sin tener en cuenta las numerosas alianzas supranacionales, poseen en
la actualidad un número indeterminado de servicios de policía o
contraespionaje, y de servicios secretos, estatales o paraestatales. Existen
también muchas compañías privadas que se ocupan de vigilancia, protección,
informes. Las grandes firmas multinacionales naturalmente tienen sus propios
servicios; pero también las empresas nacionalizadas, incluso las de
dimensiones modestas que no llevan una política menos independiente en el
plano nacional e incluso internacional. Puede verse a un grupo industrial nuclear
enfrentarse a un grupo petrolero, aunque uno y otro sean propiedad del mismo
Estado y, lo que es más, estén dialécticamente unidos por su dedicación a
mantener elevada la carrera del petróleo en el mercado mundial. Todo servicio
de seguridad de una industria particular combate el sabotaje en ella y, en caso
de necesidad, lo organiza en la industria rival: quien tiene grandes intereses en
un túnel submarino es favorable a la inseguridad de los ferry-boats y puede
pagar a diarios en apuros para destacarla a la primera ocasión y sin pensárselo
demasiado; quien compite con Sandoz es indiferente a las capas freáticas del
valle del Rhin. Se vigila secretamente lo que es secreto, de manera que cada
uno de esos organismos, confederados con mucha sutileza en torno a aquellos
que ostentan la razón de Estado, aspira por su propia cuenta a una especie de
hegemonía privada de sentido. Pues el sentido se ha perdido con el centro
conocible.
La sociedad moderna que, hasta 1968, iba de éxito en éxito, y estaba
convencida de que era amada, a partir de entonces ha tenido que renunciar a
esos sueños; prefiere ser temible. (...)
Así, miles de complots en favor del orden establecido se enredan y combaten
un poco por todas partes con la imbricación cada vez más exagerada de las
redes y las cuestiones o acciones secretas; y su proceso de rápida integración
en cada rama de la economía, la política, la cultura. La mezcolanza entre
observadores, desinformadores, asuntos especiales, aumenta continuamente en
todas las áreas de la vida social. El complot general se ha hecho tan denso que
casi resulta evidente a la luz del día y cada una de sus ramas puede empezar a
molestar o inquietar a la otra, pues todos esos conspiradores profesionales
llegan a observarse sin saber exactamente por qué, o se encuentran por
casualidad sin poder reconocerse con seguridad. ¿Quién quiere observar a
quién? ¿Por cuenta de quién, en apariencia? ¿Y de verdad? Las verdaderas
influencias permanecen ocultas y las intenciones últimas sólo pueden
sospecharse con dificultad, pero casi nunca comprenderse. De manera que
nadie puede decir que no ha sido engañado o manipulado, pero en algunos
raros instantes el propio manipulador ignora si ha ganado. Y, por otra parte,
encontrarse del lado vencedor de la manipulación no quiere decir que se haya
escogido correctamente la perspectiva estratégica. Así es como aciertos
tácticos pueden conducir grandes fuerzas hacia vías equivocadas.
En una misma red, persiguiendo aparentemente el mismo fin, aquellos que no
constituyen más que una parte de la red son obligados a ignorar todas las
hipótesis y conclusiones de otras partes y, sobre todo, de su núcleo dirigente.
El hecho, bastante notorio, de que todos los informes sobre cualquier tema
puedan ser completamente imaginarios, o gravemente falseados, o
interpretados muy inadecuadamente en un amplio margen, complica y hace
poco seguros los cálculos de los inquisidores; puesto que lo que basta para
condenar a alguien no es tan de fiar cuando se trata de conocerlo o de
raros instantes el propio manipulador ignora si ha ganado. Y, por otra parte,
encontrarse del lado vencedor de la manipulación no quiere decir que se haya
escogido correctamente la perspectiva estratégica. Así es como aciertos
tácticos pueden conducir grandes fuerzas hacia vías equivocadas.
En una misma red, persiguiendo aparentemente el mismo fin, aquellos que no
constituyen más que una parte de la red son obligados a ignorar todas las
hipótesis y conclusiones de otras partes y, sobre todo, de su núcleo dirigente.
El hecho, bastante notorio, de que todos los informes sobre cualquier tema
puedan ser completamente imaginarios, o gravemente falseados, o
interpretados muy inadecuadamente en un amplio margen, complica y hace
poco seguros los cálculos de los inquisidores; puesto que lo que basta para
condenar a alguien no es tan de fiar cuando se trata de conocerlo o de
utilizarlo. Dado que las fuentes de información son rivales, las falsificaciones
también lo son. (...)
Finalmente, su principal contradicción actual es que vigila, infiltra, influye a un
partido ausente: aquel al que se atribuye querer subvertir el orden social. Pero
¿dónde se le ve actuar? Es cierto que las condiciones jamás han sido tan
gravemente revolucionarias en todas partes, pero sólo los gobiernos lo creen
así. La negación ha sido tan perfectamente desposeída de su pensamiento, que
desde hace mucho tiempo se halla dispersada. Por ello ya no constituye más
que una vaga amenaza aunque muy inquietante; y la vigilancia, a su vez, ha
sido privada del mejor campo para su actividad. Esta fuerza de vigilancia y de
intervención está dirigida precisamente por las necesidades presentes que
llevan las condiciones de su compromiso sobre el propio terreno de la amenaza
para combatirla con anticipación. (...)
La aparición de la dominación espectacular constituye una transformación social
tan profunda que ha cambiado radicalmente el arte de gobernar. Esa
simplificación que tan rápidamente ha conseguido tales resultados en la
práctica, no ha sido aún plenamente comprendida en la teoría. Antiguos
prejuicios desmentidos por todas partes, precauciones que se han vuelto
inútiles e incluso restos de escrúpulos de otros tiempos, obstaculizan todavía,
en el pensamiento de numerosos gobernantes, esta comprensión que toda
práctica establece y confirma cada día. No solamente se hace creer a los
sujetos que, en lo esencial, aún están en un mundo que se ha hecho
desaparecer, sino que los propios gobernantes experimentan a veces la
inconsecuencia de creerse en él. Piensan en una parte de lo que han suprimido
como si continuara siendo una realidad que debiera seguir presente en sus
cálculos. Ese desfase no se prolongará mucho. Quien ha podido hacer tanto sin
pena, forzosamente irá más lejos. No hay que creer que puedan mantenerse
alrededor del poder real de forma duradera, como un arcaismo, aquellos que
no hayan comprendido con suficiente rapidez la plasticidad de las nuevas reglas
de su juego y esa bárbara grandeza suya. El destino del espectáculo
ciertamente no es acabar en despotismo ilustrado.
Hay que concluir que es inminente e inevitable un relevo en la casta
corporativa que administra la dominación, y especialmente dirige la protección
de esa dominación. Con toda seguridad, en tal materia la novedad jamás será
expuesta en la escena del espectáculo. Sólo aparece como el rayo, que se
reconoce por sus consecuencias. Ese relevo que va a concluir decisivamente la
obra de los tiempos espectaculares opera de forma discreta aunque implicando
conspirativamente a personas ya instaladas en la esfera misma del poder.
Selecciona a los que tomarán parte sobre esta premisa principal: que sepan
claramente de qué obstáculos se han librado y de lo que son capaces. (...)

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Recrearon la historia de la recuperación del mural de Siqueiros

CULTURA
Fuente: TELAM

Por Mora Cordeu
La historia de la recuperación del mural "Ejercicio plástico" de David Alfaro Siqueiros (1896-1974) fue recreada minuciosamente anoche en la Sala de Arte Público que lleva el nombre del famoso muralista con una presentación fotográfica y una mesa redonda integrada por especialistas y funcionarios argentinos y mexicanos.
La tarea binacional realizada por ambos países, para rescatar del abandono y el olvido la obra que permaneció por 17 años abandonada en cuatro contenedores, fue analizada anoche de manera exhaustiva, aunque un clima de emoción y de camaradería prevaleció sobre la cantidad de datos aportados en la charla.
"Es una gran alegría que todos conozcan lo que se ha hecho a partir de esa decisión política tan fuerte entre dos países de recuperar la cultura y en este caso un mural maravilloso. Nuestra presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando vino aquí como senadora asumió el compromiso de restaurar la obra", resumió la embajadora argentina en México, Patricia Vaca Narvaja.
"Cumplió su promesa con creces -subrayó- y también porque México nos ha acompañado y no podía ser de otra manera; nuestros pueblos históricamente han tenido lazos sociales políticos y culturales".
Ante un público que desbordó la capacidad del salón de conferencias, la directora de Asuntos Culturales de la Cancillería, Magdalena Faillace, y el ex agregado cultural de la embajada de México en la Argentina, Miguel Díaz Reinoso -uno de los promotores iniciales del rescate-, fueron los que plantearon desde la perspectiva de cada país el proceso de recupero que finalizó en diciembre último.
Con la visita del presidente mexicano, Felipe Calderón, quedó inaugurado el mural, detrás de la Casa Rosada, en la vieja Aduana Taylor.
De la mesa redonda también participaron Gabriela Gil, directora del Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble del INVA y Cecilia Jaber Breceda que ocupa en la cancillería mexicana el mismo cargo que Faillace.
"Siqueiros nos convoca a los reencuentros, vinimos a compartir hallazgos y avatares en la búsqueda del mural, búsqueda llena de intenciones, pero también de decepciones", apuntó Díaz Reinoso, uno de los tantos que pensó en una leyenda cuando le hablaron por primera vez de esta obra.
"Cuando nos enteramos que había un complejo litigio legal dijimos el mural si existe. A principios del 2000 por notas de prensa se fue integrando un nuevo expediente para documentar su existencia y actualizar la información", recordó.
Más adelante, Faillace se remontó a la tarea comenzada en 2003 cuando fue nombrada subscretaria de Cultura y "el tema del mural se había convertido en una obsesión".
"Lo fui a ver al entonces presidente Néstor Kirchner y le dije que aunque no supiéramos el estado en que estaba había que declararlo patrimonio histórico cultural de la Nación y en noviembre de ese año salió el decreto y el mural comenzó así una etapa judicial protegido por la ley 12665, de nuestro patrimonio".
Poco a poco, continuó Díaz Reinoso, el mural fue recobrando una imagen de lo que significaba, "era como armar un rompecabezas".
¿Qué era ese mural de leyenda, en el que se mezclaban historias de amores y pasiones y muchas rarezas para la historia del muralismo como lo conocíamos hasta ese momento?, inquirió.
"Siqueiros en 1933 en el sótano de la residencia de campo de Natalio Botana, director del diario Crítica, se concentró no en motivos revolucionarios, sino en el análisis de los problemas visuales y de la relación del arte con la tecnología -explicó-.
Diseñó una nueva forma de percepción más ligada al cine, creó una obra con pocos antecedentes".
Lo había realizado con otros artistas en una obra colectiva, toda una novedad y nombró a Berni, Spilimbergo y a Castagnino.
"Este último volvió a ver el mural para limpiarlo y años después fue el principal orador en la conferencia por la libertad de Siqueiros, sentenciado en México a ocho años de prisión".
"A México llegaron las noticias en 2009 de la expropiación, símbolo del bicentenario de la independencia. Hace apenas un mes tuve la oportunidad de estar en Buenos Aires y fui a ver el mural: verlo es una experiencia absolutamente recomendable: están los colores y la textura, la entrada tal cual estaba en la finca, se respira el ambiente propiciado por Siqueiros", describió Díaz Reinoso.
Una caja de cristal, "en la que el muralista plasmó figuras que parecen flotar en el interior del muro, más que en su propia superficie".
El mural, analizó Díaz Reinoso se convirtió en una lucha por el patrimonio artístico pero también en un bien simbólico: mexicano, argentino y latinoamericano. Hoy la Argentina nos devuelve la oportunidad de ver el mural vivo, recuperado, como nuestro patrimonio compartido".
"Esto se debe a periodistas, investigadores, diplomáticos, gestores, pero especialmente se debe, sin duda, a Cristina Kirchner. Me parece que es elemental este reconocimiento", manifestó.
"Cristina asumió la tarea del rescate como una cruzada binacional", remató ante los aplausos del público.

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